Respirar también es una política pública: nuevas estrategias de salud para proteger el aire que sostiene la vida
- 12 jul
- 5 min de lectura
César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y Genómica, Universidad UTE, para NOTIMERCIO

En el acto automático de respirar, se introduce más que oxígeno. Con el aire ingresan partículas microscópicas y gases capaces de alterar el funcionamiento del corazón, pulmones, cerebro y prácticamente todos los órganos. En consecuencia con esta realidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) impulsa una nueva hoja de ruta para transformar la manera en que el mundo evalúa y comunica la calidad del aire. La propuesta plantea un cambio de paradigma: dejar de medir únicamente contaminantes y comenzar a estimar el riesgo real para la salud.
Hasta ahora, la mayoría de los países utiliza índices de calidad del aire que indican cuál contaminante supera los límites establecidos. Sin embargo, las personas nunca respiran un solo contaminante. Cada inhalación contiene una mezcla compleja de partículas y gases cuyos efectos se potencian entre sí. La OMS propone reemplazar esa visión por índices multipolutantes, capaces de integrar toda la exposición y traducirla en un riesgo sanitario comprensible para la población.
La magnitud del problema justifica esta transformación. Según datos, el 99 % de la población mundial respira aire que no cumple las recomendaciones internacionales, mientras que la contaminación atmosférica provoca alrededor de 7 millones de muertes prematuras cada año. Aproximadamente 4,2 millones se atribuyen a la contaminación del aire exterior y el resto, a la contaminación dentro de los hogares, donde más de 2 100 millones de personas aún cocinan o se calientan con leña, carbón o queroseno.
La contaminación del aire no corresponde a una única sustancia. Está formada por una mezcla de partículas sólidas y gases generados por el tráfico vehicular, industrias, centrales termoeléctricas, minería, agricultura, incendios forestales, construcción, plàsticos y la quema de combustibles fósiles o biomasa.
El contaminante más estudiado es el material particulado fino (PM₂.₅), compuesto por partículas menores de 2,5 micrómetros. Su reducido tamaño les permite atravesar los pulmones, ingresar al torrente sanguíneo y distribuirse por todo el organismo. Numerosos estudios las relacionan con infarto de miocardio, accidente cerebrovascular, hipertensión, cáncer de pulmón, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, diabetes e incluso deterioro cognitivo y enfermedad de Alzheimer.
Las PM₁₀, de mayor tamaño, provienen principalmente del polvo generado por carreteras, construcción, minería y agricultura. Aunque penetran menos profundamente, favorecen bronquitis, irritación respiratoria y exacerbaciones del asma.
El ozono troposférico (O₃) se forma cuando los óxidos de nitrógeno reaccionan con compuestos orgánicos volátiles bajo la luz solar. A diferencia del ozono estratosférico, que protege frente a la radiación ultravioleta, este irrita las vías respiratorias, reduce la función pulmonar y limita la actividad física.
El dióxido de nitrógeno (NO₂) procede principalmente del tráfico vehicular y de procesos industriales. Se asocia con asma, infecciones respiratorias y enfermedad pulmonar crónica. El dióxido de azufre (SO₂), liberado por la combustión de carbón y petróleo y por algunas actividades industriales, irrita las vías respiratorias y favorece la lluvia ácida.
El monóxido de carbono (CO), resultado de la combustión incompleta de combustibles, disminuye la capacidad de la sangre para transportar oxígeno al unirse a la hemoglobina, pudiendo ocasionar intoxicaciones graves. Finalmente, los compuestos orgánicos volátiles (COV), emitidos por combustibles, pinturas, solventes e industrias químicas, contribuyen a la formación de ozono y varios poseen capacidad cancerígena.
El problema radica en que estos contaminantes no actúan de forma aislada. La biología humana responde a la exposición conjunta. Por ello, un índice basado únicamente en el contaminante predominante puede subestimar el verdadero peligro cuando varios compuestos, aun dentro de límites legales, actúan simultáneamente.
La nueva propuesta de la OMS incorpora además el concepto de vulnerabilidad biológica. Los niños, adultos mayores, mujeres embarazadas y personas con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, inmunocomprometidos o enfermedades degenerativas, presentan mayor susceptibilidad.
La genética también desempeña un papel importante. Variantes en genes relacionados con la inflamación, el estrés oxidativo, la detoxificación celular y la reparación del daño del ADN que estas sustancias producen, pueden modificar la respuesta individual frente a la contaminación, consolidando el concepto emergente de medicina ambiental de precisión.
La hoja de ruta también propone mejorar la comunicación con la ciudadanía. Informar únicamente que el índice alcanza determinado valor resulta poco útil. En cambio, acompañar la información con recomendaciones concretas, evitar ejercicio intenso al aire libre, limitar la exposición infantil o proteger a personas vulnerables, permite convertir los datos científicos en decisiones preventivas.
Para América Latina, y especialmente para Ecuador, este cambio resulta particularmente relevante. El crecimiento urbano, el aumento del parque automotor, las emisiones industriales, la minería legal e ilegal, los incendios forestales y la topografía de muchas ciudades, favorecen la acumulación de contaminantes. Implementar índices basados en riesgo sanitario permitiría emitir alertas más precisas y orientar mejor las políticas públicas.
La contaminación del aire ya no puede considerarse únicamente un problema ambiental. Es uno de los principales determinantes de la salud global y un importante generador de desigualdad, pues las poblaciones con menores recursos suelen vivir en zonas con mayor exposición. Respirar aire limpio constituye un derecho y una necesidad para proteger la salud, reducir costos sanitarios y mejorar la calidad de vida.
La nueva estrategia de salud, resume una idea fundamental: el objetivo no es medir cuánto contaminante existe en el aire, sino cuánto riesgo representa para las personas. Ese cambio puede parecer técnico, pero representa una profunda transformación en la manera de diseñar políticas públicas. Después de todo, cada respiración puede ser una oportunidad para preservar la salud o el inicio silencioso de una enfermedad.
La responsabilidad de mejorar la calidad del aire es compartida, pero no equivalente. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el sector energético, incluyendo la generación eléctrica y la producción de calor basada en combustibles fósiles, aporta cerca del 35 % de las emisiones mundiales de CO₂ relacionadas con la energía; el transporte representa aproximadamente el 23 %, la industria alrededor del 25 %, mientras que la agricultura y otros usos del suelo contribuyen de forma importante a las emisiones de metano, amoníaco y material particulado.
La contaminación del aire tiene responsables. Quienes generan la mayor parte de las emisiones de dióxido de carbono (30%): industrias, generación eléctrica y actividades extractivas; transporte y energía (25%), deben reducirlas y reparar sus impactos bajo el principio de quien contamina, paga y descontamina. La acción individual (total de humanos 1,4%) es importante, pero sin regulaciones estrictas y compromiso empresarial, el aire limpio seguirá siendo una meta inalcanzable. La descontaminación del aire exige alianzas, políticas públicas ambiciosas, responsabilidad empresarial y compromiso ciudadano.
Tabla. Contribución aproximada a las emisiones globales de CO₂ y responsabilidad en la mitigación
Fuente de emisiones | Participación aproximada en las emisiones mundiales de CO₂* | Responsabilidad principal |
Generación de electricidad y calor | 34 % | Transición hacia energías renovables, eficiencia energética y captura de carbono. |
Industria (cemento, acero, manufactura, química) | 26 % | Descarbonización de procesos, electrificación y economía circular. |
Transporte (terrestre, marítimo y aéreo) | 21 % | Electrificación, combustibles limpios y movilidad sostenible. |
Edificios (residencial y comercial) | 6 % | Eficiencia energética y construcción sostenible. |
Otros sectores energéticos | 13 % | Modernización tecnológica y reducción de pérdidas. |
Emisiones promedio por persona | ≈ 4,7 t CO₂/año (≈ 0,000000013 % del total mundial) | Consumo responsable, ahorro energético, movilidad sostenible y reducción de residuos. |
Fuente: Adaptado de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), Global Energy Review; CO₂ Emissions in 2024; Our World in Data; Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC).
Mensaje clave: Una persona promedio aporta una fracción prácticamente insignificante de las emisiones globales. Las mayores reducciones dependen de los sectores de generación eléctrica, industria y transporte, responsables de más del 80 % de las emisiones energéticas de CO₂. Sin embargo, las acciones individuales siguen siendo importantes porque impulsan cambios sociales y fortalecen las políticas públicas orientadas a la descarbonización.


Comentarios