El rostro de Punín y lo que el ADN ya sabía
César Paz-y-Miño C. Investigador en Genética y Genómica Médica. Universidad UTE. Quito.

Figura 1. Reconstrucción facial digital de Punín-2, hombre de unos 50 años que vivió en la zona de Punín, Chimborazo, hace entre 3 000 y 4 000 años. Imagen: Dr. Chris Rynn, en colaboración con Héctor Flores Franco. Difundida por Metcalfe (1); captura de la publicación de El Hemisférico, 3 de octubre de 2026.
La reconstrucción facial de un cráneo de Chimborazo coincide con lo que la genética de poblaciones ecuatoriana viene mostrando hace años. También deja ver los límites de mirar huesos para hablar de ancestros.
Durante un siglo, dos cráneos de una quebrada de Chimborazo sirvieron para decir cosas que no decían. Uno fue australiano, otro casi un Homo erectus, otro el testigo de navegantes del Pacífico que habrían llegado a los Andes antes que nadie. Ahora un equipo internacional ha puesto cara a Punín-2 y el resultado es menos exótico y más interesante: un hombre andino de unos cincuenta años, de ancestría indígena americana, que vivió hace entre tres y cuatro mil años, en la misma tierra donde hoy viven sus probables descendientes (1). Lo que la escultura digital muestra con piel y pelo, la genética de poblaciones ecuatoriana lo venía diciendo con cifras. La diferencia entre ambas cosas importa, y de eso trata este texto.
La quebrada que confundió a la antropología
El primer cráneo, Punín-1, apareció en 1923 en la quebrada de Chalán, durante una expedición del Museo Americano de Historia Natural. Su frente huidiza y el arco de las cejas marcado bastaron para que en 1925 Sullivan y Hellman lo compararan con cráneos de mujeres aborígenes australianas (2). El razonamiento era el de la época: medir, comparar con un catálogo de "tipos" humanos y deducir migraciones. Los huesos estaban cerca de restos de mastodontes y perezosos gigantes del Pleistoceno, y la conclusión parecía cerrar sola.
No cerraba. En 1980 Brothwell y Burleigh fecharon el cráneo por radiocarbono y lo situaron en el Holoceno, muy lejos de la fauna con la que se lo había asociado (3). Los estudios geológicos posteriores explicaron el equívoco: la erosión y el movimiento de los suelos mezclaron restos humanos recientes con fósiles antiguos (1). Punín-2, hallado por un agricultor en los años setenta en la misma quebrada, heredó la misma confusión y la misma corrección.
Hay una lección que conviene no pasar rápido. La forma de un cráneo depende de cientos de variantes genéticas de efecto pequeño, de la dieta, de la masticación, del clima y del crecimiento en la infancia. Leer origen en un perfil óseo es leer un texto escrito por muchas manos. La antropología de los años veinte, lo hacía con la seguridad de quien cree que las razas son cajas cerradas. No lo son, y la genética lo demostró hace décadas. Incluso ya está cuestionado el termino raza.
Lo que hace y lo que no hace una reconstrucción facial
Christopher Rynn, antropólogo forense británico especializado en anatomía craneofacial, trabajó con el escultor de Chimborazo Héctor Flores Franco. Usó el llamado método Manchester: tablas de grosor de tejidos blandos, músculos modelados sobre el hueso, una combinación de técnica digital y cera (1). Rynn cuenta que evitó informarse sobre el origen del cráneo para no contaminar el resultado. El peinado, que ningún hueso conserva, lo decidió con la gente de la zona; también ajustó la profundidad de los ojos, porque las primeras versiones resultaban demasiado parecidas a las de un asiático oriental a juicio de los consultados (1).
Me parece una decisión honesta y, al mismo tiempo, una advertencia. La parte del rostro que depende del hueso tiene base anatómica; la nariz, los labios, las orejas, el color de piel y el pelo tienen márgenes de error amplios, como reconoce la literatura sobre aproximación facial (4). Un rostro reconstruido es una hipótesis visual. Sirve para devolver humanidad a un resto que fue tratado como curiosidad de museo; no sirve para establecer un linaje. El propio Rynn lo admite cuando dice, que será el ADN el que muestre el verdadero origen genético (1). El titular que circula en redes, según el cual la reconstrucción "descarta" el origen oceánico, exagera. Lo descartan la datación, la geología y, sobre todo, lo que ya sabemos del genoma de los pueblos andinos.
Las semejanzas con nuestros estudios
Aquí entra la genética que hemos hecho en Ecuador. Encuentro cinco coincidencias de fondo entre la historia de Punín-2 y los trabajos de nuestro grupo en la Universidad UTE de Quito.
La primera es la continuidad indígena. En 240 ecuatorianos mestizos de la Costa, la Sierra y la Amazonía, analizados con 46 marcadores informativos de ancestría, encontramos un aporte nativo americano de hasta 51 %, seguido del europeo y del africano, con variaciones entre regiones (5). Al comparar esos datos con nueve estudios previos de ADN autosómico, mitocondrial y del cromosoma Y, el patrón fue coherente con la historia: línea materna mayoritariamente indígena, línea paterna en buena medida europea (5). El linaje de Punín-2 no desapareció. Circula, mezclado, en la mayoría de los ecuatorianos, incluidos quienes se creen ajenos a él.
La segunda es que hay poblaciones que conservan casi intacto ese fondo. En los Shuar de la Amazonía medimos una ancestría nativa americana de 98,7 %, sin huella apreciable de mezcla colonial (6). Si algún día se obtiene un genoma antiguo de Punín, poblaciones como esta serán las referencias que permitan distinguir lo andino de lo amazónico y lo antiguo de lo reciente. Necesitamos por tanto más investigaciones propias de antropología y paleopatología genética y genómica.
La tercera tiene que ver con la geografía. El estudio sobre los Cañaris, en el que participé, analizó cromosoma Y, y ADN mitocondrial en comunidades de Cañar, provincia vecina de Chimborazo, y en grupos del norte y el sur del Perú (7). Los linajes maternos nativos pertenecían a los cuatro grandes grupos fundadores de América, los que se designan A2, B2, C1 y D1, todos de raíz asiática y llegados por Beringia. Lo que apareció, en este estudio, fue una historia de movimientos internos: familias desplazadas por los incas como mitmakuna, retornos tras la conquista española, intercambio genético a lo largo del Qhapaq Ñan (7). La sierra ecuatoriana fue un territorio de circulación de gente, mucho antes de que llegaran los europeos. El hombre de Punín pertenece a ese fondo.
La cuarta es de método. Con los Cañaris y con los Shuar, el ADN corrigió o matizó relatos históricos y supuestos culturales. En Punín la morfología se equivocó durante medio siglo y, fue la química del carbono la que puso orden. El patrón se repite: la intuición que nace de la forma visible necesita comprobación molecular: estudios genéticos.
La quinta es ética. El estudio de los Cañaris se hizo con el consentimiento de las confederaciones y autoridades indígenas, además del individual (7). La reconstrucción de Punín-2 se presentó primero a personas de Chimborazo consideradas descendientes probables de aquel hombre (1). Ambas cosas apuntan a lo mismo: los restos y los genomas indígenas no son materia prima neutra; forman parte de una historia que tiene herederos vivos.
La tabla resume las coincidencias y marca la diferencia en el tipo de evidencia de cada lado.
Aspecto | Punín-2 (reconstrucción 2026) | Estudios de Paz-y-Miño C. et al. | Semejanza |
Ancestría | Indígena americana, inferida por morfología (1) | Mestizos con hasta 51 % nativo americano (5); Shuar con 98,7 % (6) | Continuidad del fondo nativo americano en Ecuador |
Método | Aproximación facial sobre cráneo, método Manchester (1) | 46 marcadores de ancestría, STR, ADN mitocondrial y cromosoma Y (5–7) | Misma pregunta; la forma sugiere, la secuencia comprueba |
Territorio | Punín, Chimborazo, sierra central (1) | Cañar, provincia vecina; Costa, Sierra y Amazonía (5, 7) | Mismo eje andino ecuatoriano |
Hipótesis descartada | Origen australiano o especie extinta (2, 3) | Linajes maternos A2, B2, C1 y D1, de raíz asiática (7) | Poblamiento por Beringia, sin aporte oceánico directo |
Movilidad | Habitante de la zona hace 3 000 a 4 000 años (1) | Desplazamientos inca (mitmakuna) y flujo por el Qhapaq Ñan (7) | La sierra como zona de circulación de poblaciones |
Comunidad | Consulta local de peinado y ojos; presentación a probables descendientes (1) | Consentimiento de confederaciones y autoridades indígenas (7) | Restos y genomas con herederos vivos |
Pendiente | ADN antiguo de Punín-1 y Punín-2 aún sin hacer (1) | Hispanos: 0,16 % de participantes en ensayos clínicos (10) | Ecuador mal representado en las bases de referencia |
El fantasma de Oceanía, en clave genómica
La historia tiene un giro que la hace más rica. La idea de Sullivan y Hellman era errónea en su mecanismo, pero la genómica encontró en 2015 algo inesperado. Skoglund y colaboradores detectaron en pueblos amazónicos de Brasil, como los Suruí y los Karitiana, una señal de afinidad con poblaciones de Australia, Nueva Guinea y las islas Andamán, ausente en otros grupos americanos; la llamaron Población Y (8). La señal es tenue, del orden de un 2 % si el aporte hubiera sido puro, y apunta a una estructura en las poblaciones fundadoras que cruzaron Beringia, no a balsas atravesando el Pacífico.
La segunda pista sí apareció en Ecuador. En 2011, Geppert y colaboradores encontraron entre los Kichwa de la Amazonía y los Waorani un linaje paterno raro del cromosoma Y, el haplogrupo C3*, casi ausente en el resto de pueblos americanos (11). Estudios posteriores lo midieron en 26 % de los Kichwa y 7,5 % de los Waorani analizados (12). La gran familia C del cromosoma Y tiene ramas en Australia, Melanesia y Polinesia, y la rama C3 abunda en Mongolia y Asia oriental, así que la tentación transpacífica volvió. Incluso se propuso un contacto con el Japón Jōmon a partir de la cerámica de Valdivia. El genoma no la respaldó: los portadores no mostraron mezcla asiática reciente ni antigua en su ADN autosómico, y la explicación más sencilla es un linaje fundador que llegó por Beringia hace 15 000 a 20 000 años, se conservó en Ecuador por deriva y se perdió en casi todo el continente (12).
En 2019, en un estudio del que fui coautor, secuenciamos el cromosoma Y completo de un nuevo portador ecuatoriano y lo comparamos con 21 Kichwa y Waorani portadores de C3: todos compartían las mismas mutaciones, lo que indica una sola rama sudamericana, a la que llamamos C3-MPB373 (13). Su pariente más cercano está en Siberia, no en Australia, y la separación ocurrió hace unos 21 600 años (entre 19 100 y 24 400), en plena glaciación y antes de la entrada a América (13). Es uno de los tres o cuatro linajes paternos fundadores del continente, y su confinamiento a una parte de Ecuador encaja con la estructura geográfica que los linajes sudamericanos ya mostraban hace unos 12 000 años (13). Lo que parecía Oceanía era Beringia, conservada en la Amazonía ecuatoriana.
Ningún cráneo puede mostrar un 2 % de ancestría. Para eso hace falta un genoma. Los estudios de ADN antiguo en los Andes revelan una diferenciación regional temprana y una continuidad prolongada durante milenios (9), pero las muestras ecuatorianas en esos trabajos son escasas. Ese es el vacío que un análisis de ADN antiguo de Punín-1 y Punín-2 podría llenar. La pregunta no es si eran "australianos". La pregunta es qué estructura tenían las poblaciones del norte andino hace cuatro mil años, cuánto se parecen a los Puruháes y Kichwas actuales de Chimborazo y si guardan algún eco de aquella diversidad fundadora.
Una advertencia técnica, porque la emoción de los titulares suele saltársela. Restos expuestos en una quebrada húmeda y manipulada durante un siglo, son malos candidatos para conservar ADN endógeno. La porción petrosa del hueso temporal suele ofrecer la mejor oportunidad. Si se logra, habrá que comparar ese genoma con bases de datos de referencia, en las que los ecuatorianos estamos mal representados.
Quién estudia y quién es estudiado
Este punto pesa más de lo que parece. En 2018 revisamos la composición de las muestras usadas en investigación oncológica básica y en ensayos clínicos: entre más de 89 000 participantes de ensayos, los hispanos sumaban 0,16 % y dos tercios no tenían registro de origen (10,11). La genómica de poblaciones arrastra el mismo sesgo. Gran parte del ADN antiguo de Sudamérica se secuencia, analiza y publica fuera de la región. Que un cráneo ecuatoriano tenga hoy un rostro modelado en el Reino Unido y que su ADN, si se estudia, probablemente viaje a un laboratorio extranjero, debemos asegurarnos que sea dentro de una equitativa colaboración e independencia.
Los investigadores de este proyecto trabajan con colegas de Chimborazo y buscan fondos para continuar; el problema está en el país. Ecuador tiene capacidad técnica en genética humana. Lo que le falta es financiamiento sostenido, un laboratorio de ADN antiguo con sala limpia y una política que trate el patrimonio biológico como patrimonio.
Lo que debemos cuidar con firmeza es que, cada cierto tiempo que aparecen estas noticias, se reavivan las discriminaciones étnicas y hacia lo indígena. El rostro de Punín-2 es, en términos genéticos, el de un antepasado de buena parte de quienes lo miran en el celular. En Ecuador, el racismo contra lo indígena es también ignorancia del propio genoma.
Un rostro no es un genoma
Me quedo con una tensión que no voy a resolver. La reconstrucción de Punín-2, vale porque humaniza y porque devuelve a una comunidad la imagen de alguien que pudo ser su ancestro. También corre el riesgo de repetir, con herramientas digitales, el viejo error de leer identidad en la forma. Un peinado decidido por consulta y unos ojos corregidos por percepción local son, en parte, una construcción cultural del presente proyectada sobre un hombre del pasado. Si el ADN confirma su parentesco con los pueblos de Chimborazo, la imagen ganará sentido. Si muestra algo inesperado, tendremos que aceptar que la cara que hoy circula en redes era más nuestra que suya. ¿Estamos dispuestos a financiar en Ecuador la ciencia que nos permita saberlo?
Referencias
Metcalfe T. 'It's a portrait of their actual ancestor': Facial reconstruction of Indigenous man who lived in Ecuador 3,000 years ago shared with his descendants. Live Science [Internet]. 2026 oct 2 [citado 2026 oct 4]. Disponible en: https://www.livescience.com/archaeology/americas/its-a-portrait-of-their-actual-ancestor-facial-reconstruction-of-indigenous-man-who-lived-in-ecuador-3-000-years-ago-shared-with-his-descendants
Sullivan LR, Hellman M. The Punin calvarium. Anthropol Pap Am Mus Nat Hist. 1925;23(7).
Brothwell D, Burleigh R. The human cranium from Punin, Ecuador, with particular reference to morphology and dating. J Archaeol Sci. 1980;7(1):97-9.
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Zambrano AK, Gaviria A, Cobos-Navarrete S, Gruezo C, Rodríguez-Pollit C, Armendáriz-Castillo I, et al. The three-hybrid genetic composition of an Ecuadorian population using AIMs-InDels compared with autosomes, mitochondrial DNA and Y chromosome data. Sci Rep. 2019;9. doi:10.1038/s41598-019-45723-w
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Sandoval JR, Lacerda DR, Jota MMS, Robles-Ruiz P, Danos P, Paz-y-Miño C, et al. Tracing the genetic history of the 'Cañaris' from Ecuador and Peru using uniparental DNA markers. BMC Genomics. 2020;21(Suppl 7):413. doi:10.1186/s12864-020-06834-1
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