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Cuando los dioses soñaban con genes (I) NOTIMERCIO

  • Foto del escritor: Cesar Paz-y-Mino
    Cesar Paz-y-Mino
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

César Paz-y-Miño. Médico Genetista, Universidad UTE. Para NOTIMERCIO


Desde los albores de la humanidad, cuando el fuego aún era un milagro y el relámpago una advertencia divina, el ser humano miró su propio cuerpo con asombro y temor. ¿Por qué algunos nacían distintos, con rostros deformes, cuerpos desproporcionados o fuerzas inexplicables? ¿Qué mecanismo oculto podía crear, de la misma carne, la belleza y el monstruo? Antes de que existiera la palabra “mutación”, los pueblos antiguos respondieron con relatos. Donde hoy vemos una alteración genética, ellos veían la huella de los dioses. Así nació la mitología: como un laboratorio simbólico para entender la biología sin saberlo.


En tablillas de arcilla, en papiros egipcios, en las epopeyas griegas y en los códices mesoamericanos, los humanos intentaron explicar la diversidad corporal y mental. Los Cíclopes, las Sirenas, los Centauros, las Quimeras o los Sátiros fueron, en su tiempo, modelos teóricos del misterio genético. Las deformidades congénitas, los gemelos unidos, el hermafroditismo o las enfermedades que alteraban la piel y el crecimiento del vello se tradujeron en símbolos de castigo o de poder divino. La imaginación hizo lo que siglos después haría la ciencia: describir las variaciones del genoma humano.


Cada monstruo mitológico fue una hipótesis. La Esfinge, un experimento mental sobre la identidad; la Hidra, una conjetura sobre la regeneración; el Fénix, una metáfora de la muerte celular y el renacimiento biológico; el Unicornio, una intuición sobre la mutación única que desafía la norma. Y cuando los alquimistas medievales soñaron con transformar la materia, no hacían sino prefigurar lo que hoy logra la ingeniería genética: recombinar, hibridar, alterar y recrear la forma viva.


La biología moderna no destruye estos mitos: los traduce. En cada monstruo hay un gen, y en cada gen una historia. Las mismas leyes que rigen el desarrollo de un embrión humano, las vías Hedgehog, Wnt, FGF, Notch, HOX, son las que, alteradas o magnificadas, pudieron dar origen a los imaginarios de cuerpos imposibles. La mitología fue, sin saberlo, la primera narrativa de la variabilidad biológica: una mitogenética poética que anticipó el lenguaje del ADN.

Este artículo invita a recorrer ese territorio fascinante donde la ciencia y el mito se tocan: un mapa donde los monstruos dejan de ser aberraciones para convertirse en metáforas del genoma. Cada criatura mitológica, de la Medusa al Minotauro, del Pegaso al Kraken,  puede reinterpretarse a la luz de la genética evolutiva, la embriología y la biología molecular.Porque comprender a los monstruos no es un ejercicio de erudición: es un homenaje al asombro humano, a la curiosidad que dio origen tanto a la mitología como a la ciencia.


Genética de lo Imposible: monstruos, bestias y prodigios que desafiaron la razón

La mitología fue el primer laboratorio del genoma. Antes de que el microscopio revelara los cromosomas, las civilizaciones antiguas ya imaginaban seres que nacían de combinaciones imposibles, mutaciones divinas o errores cósmicos. Detrás de cada monstruo hay una metáfora biológica: un defecto de segmentación, una mutación letal, una quimera embrionaria, o una anticipación inconsciente de la biología molecular. La ciencia moderna no destruye estos mitos: los ilumina desde la genética del desarrollo.


Cíclope: la pérdida de la simetría

El Cíclope, gigante de un solo ojo, es una representación casi exacta de la ciclopía congénita, una malformación resultante de mutaciones en el gen SHH (Sonic Hedgehog) o alteraciones teratogénicas en el eje prosencefálico. En humanos, esta mutación impide la división del cerebro en hemisferios y produce una única órbita ocular. El mito traduce una disrupción del plan corporal en una metáfora del poder ciego, la fuerza sin raciocinio.


Sirenas: la fusión del cuerpo

Las sirenas combinan belleza y deformidad: mitad mujer, mitad pez. En embriología, existen casos clínicos de sirenomelia o síndrome de regresión caudal, con fusión de las extremidades inferiores y malformaciones genitourinarias. Se asocia a alteraciones de las vías BMP7 y del ácido retinoico. El mito refleja el horror ante la disolución del límite corporal y la fascinación por el retorno al medio acuático, origen de la vida.


Quimera: la fusión genética

La quimera mítica, león, cabra y serpiente, tiene un correlato directo en el quimerismo embrionario: la coexistencia de dos genomas distintos en un solo individuo. Casos documentados muestran mujeres con ovarios XX y sangre XY, producto de la fusión de embriones gemelares. Este fenómeno, hoy detectable por secuenciación del ADN, anticipa la noción moderna de mosaico genético, donde un cuerpo alberga múltiples identidades celulares.


Minotauro: el gen del exceso

El Minotauro, nacido del amor aberrante entre Pasífae y un toro, puede simbolizar la dismorfia causada por hiperandrogenismo, acromegalia o mutaciones en IGF1R, GH1 o AKT1. El rostro animal y la fuerza desmedida representan el hipercrecimiento hormonal. Encerrado en su laberinto, es el mito del gen descontrolado, del metabolismo fuera de toda regulación.

Esfinge: la pregunta de la herencia

Mitad león, mitad mujer, la Esfinge representa el misterio de la identidad genética: ¿qué parte domina, la humana o la animal? Su simbolismo híbrido puede interpretarse como mosaicismo somático o incluso quimerismo genético parcial. Su enigma (“¿qué ser camina con cuatro patas al amanecer, dos al mediodía y tres al anochecer?”) es una metáfora del ciclo vital y de la mutabilidad fenotípica a lo largo del desarrollo.


Hidra de Lerna: la regeneración infinita

Cada vez que Heracles cortaba una cabeza, brotaban dos. Esa capacidad refleja el principio biológico de la regeneración tisular, hoy estudiado en ajolotes y planarias. Genes como Wnt3a, FGF8 y Notch1 regulan el crecimiento de estructuras perdidas. La Hidra mítica encarna la activación descontrolada de esos programas de reparación, semejante a la reactivación neoplásica del tejido: una regeneración que roza la inmortalidad.


Centauro: la duplicación axial

El Centauro, mitad hombre y mitad caballo, simboliza el conflicto entre instinto y razón, pero también una disrupción en la segmentación axial. En embriología, duplicaciones del eje corporal se asocian a fallos en los genes HOX, encargados de definir la identidad de los segmentos corporales. Su forma imposible anticipa los estudios modernos de duplicaciones embrionarias y quimerismo interespecífico.


Grifo: mezcla de linajes

El Grifo, mitad águila y mitad león, es el guardián de los tesoros, pero también la síntesis de dos filogenias. En genética evolutiva, su imagen puede vincularse con fenómenos de transferencia horizontal de genes o hibridación interespecífica. Es la metáfora de los cruces genómicos que producen innovación, como ocurrió en los orígenes de los mamíferos o las aves.



Basilisco: el veneno genético

El Basilisco, reptil capaz de matar con la mirada, encarna la idea de la toxicidad como arma biológica. Su poder mortal podría representar mutaciones en canales iónicos de sodio (SCN1A, SCN5A) o potasio (KCNQ), que producen descargas eléctricas o parálisis. La “mirada” es una alegoría del flujo neuronal descontrolado, donde la bioelectricidad se vuelve letal.


Fénix: la apoptosis y el renacimiento

El Fénix que renace de sus cenizas refleja la apoptosis celular, un proceso genéticamente programado que destruye para crear. Genes como TP53, BAX y BCL2 regulan esta muerte ordenada. La regeneración posterior simboliza la activación epigenética y la restauración del genoma: la célula que muere para permitir que el organismo viva. El mito es, en esencia, una lectura poética de la homeostasis genética.


Medusa y las Gorgonas: el miedo a la mutación

Las Gorgonas son la metáfora del cambio irreversible. La hipertricosis congénita o el síndrome de Cornelia de Lange podrían inspirar su aspecto, con cabellos serpenteantes y rasgos duros. El poder de petrificar podría aludir a toxinas neuroinhibidoras o a la rigidez muscular (miotonías congénitas). Medusa encarna la biología del rechazo: el cuerpo que se vuelve otro, y ante el cual la mirada produce parálisis.


Harpías: el desequilibrio hormonal

Mitad mujer, mitad ave, las Harpías expresan la desproporción morfológica y conductual. En biología endocrina, evocan los efectos del exceso de andrógenos o estrógenos, con desarrollo parcial de caracteres sexuales secundarios. Su agresividad y grito son símbolos de desequilibrio neuroendocrino, de alteraciones en receptores hormonales como ESR1 o AR.

1 comentario


Ximena Durand
Ximena Durand
hace 2 días

Excelente explicación, muchas gracias

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Genética y Ciencia
César Paz-y-Miño
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