top of page

El intestino como sistema endócrino extendido, interfaz genómica y traductor biológico de la experiencia humana

  • Foto del escritor: Cesar Paz-y-Mino
    Cesar Paz-y-Mino
  • hace 11 horas
  • 4 Min. de lectura

César Paz-y-Miño. Investigador Universidad UTE. Para NOTIMERCIO



El intestino fue descrito como un órgano funcionalmente simple, encargado de digerir alimentos y absorber nutrientes. Esta visión mecánica, heredada de la anatomía clásica, hoy resulta científicamente obsoleta. La biología actual demuestra que el intestino es uno de los sistemas reguladores más complejos del cuerpo humano: actúa como órgano endocrino distribuido, alberga la mayor parte del sistema inmunológico y funciona como una interfaz genómica donde interactúan genes humanos, microorganismos y ambiente. Más que un órgano aislado, el intestino es un ecosistema capaz de gobernar metabolismo, inflamación, inmunidad y conducta.


Endocrinológicamente hablando, el intestino es una auténtica glándula extendida. En su epitelio residen las células enteroendocrinas, sensores bioquímicos altamente especializados que detectan nutrientes, sales biliares y metabolitos bacterianos. Estas células secretan hormonas como GLP-1, GIP, PYY, colecistoquinina, secretina y grelina; que regulan el apetito, la secreción de insulina, el metabolismo de la glucosa y el balance energético. Estas señales establecen circuitos funcionales con el páncreas, el hígado, el tejido adiposo y el cerebro.  Muchas enfermedades metabólicas, como la obesidad y la diabetes tipo 2, pueden entenderse como trastornos tempranos de la señalización endocrina intestinal, antes incluso de que otros órganos manifiesten daño estructural.


El intestino es también el principal órgano inmunológico del cuerpo humano. Cerca del 70 % del tejido linfoide asociado a mucosas se localiza en la pared intestinal, donde se decide de forma constante qué agresores deben ser tolerados y cuáles deben activar una respuesta defensiva. Este equilibrio no es automático ni universal: depende de la arquitectura genética del individuo, de la señalización hormonal local y de la composición del microbioma. Cuando este sistema regulador falla, emerge inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno silencioso que subyace a múltiples enfermedades metabólicas, autoinmunes y neuroinflamatorias.


La genética intestinal actúa como un modulador de susceptibilidad. Variantes en genes implicados en reconocimiento microbiano, integridad de la barrera epitelial, autofagia y regulación inmune influyen en cómo cada organismo interpreta su ecosistema intestinal. En enfermedades como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa, la predisposición genética converge con disbiosis y factores ambientales para generar inflamación persistente. Estas patologías no se limitan al tubo digestivo: pueden afectar articulaciones, piel, ojos, hígado y sistema nervioso, confirmando que el intestino es un regulador sistémico y no un órgano aislado.


La enfermedad celíaca ilustra con claridad esta lógica. En individuos genéticamente susceptibles, el gluten desencadena una respuesta autoinmune que daña la mucosa intestinal y compromete la absorción de nutrientes. Las consecuencias digestivas: anemia, osteoporosis, infertilidad, alteraciones neurológicas y fatiga crónica muestran, cómo una alteración localizada en el intestino puede reorganizar negativamente la fisiología de todo el cuerpo.


Las intolerancias alimentarias representan otra expresión de desajuste entre biología y cultura. La intolerancia a la lactosa, lejos de ser una patología universal, es la condición ancestral humana. La persistencia de la lactasa en la adultez es una adaptación evolutiva reciente, seleccionada en poblaciones con historia ganadera. Cuando cuerpos no adaptados consumen lácteos de forma habitual, el intestino expresa sus límites mediante fermentación bacteriana, distensión y diarrea. El síntoma no es enfermedad: es una señal biológica.


En el centro de esta red se encuentra el microbioma intestinal. Billones de microorganismos  habitan el intestino y aportan millones de genes adicionales, conformando un genoma global que amplía la capacidad funcional del organismo humano. Estas bacterias producen metabolitos clave: ácidos grasos de cadena corta que refuerzan la barrera intestinal, modulan la inflamación y regulan la expresión génica, llamada epigenética. El microbioma transforma ácidos biliares, sintetiza vitaminas y participa activamente en la maduración del sistema inmune. Intestino y microbioma forman una unidad ecológica inseparable: cuando se altera esta relación, aparece disbiosis, asociada a mayor riesgo de enfermedades metabólicas, hepáticas, autoinmunes y neuropsiquiátricas.


El síndrome metabólico y el hígado graso no alcohólico, son ejemplos claros de esta interacción. Alteraciones del microbioma y aumento de la permeabilidad intestinal, permiten el paso de productos bacterianos al hígado, activando inflamación y resistencia a la insulina. Parte del hígado graso puede tener consecuencias en el eje intestino-microbioma alterado, y no exclusivamente hepático.

El intestino también es un traductor biológico de la experiencia emocional. El eje intestino-cerebro integra señales del sistema nervioso entérico, el nervio vago, las hormonas intestinales, las citocinas inflamatorias y los metabolitos microbianos. El estrés crónico, económico, laboral, afectivo o social, altera la motilidad intestinal, la permeabilidad de la barrera y la composición del microbioma. El resultado se expresa como dolor abdominal, diarrea, estreñimiento, distensión, ansiedad, fatiga y trastornos del ánimo. El síndrome de intestino irritable,  minimizado como “funcional”, hoy se reconoce como alteración neuroinmunoendocrina, con hipersensibilidad visceral, disbiosis e inflamación. Lo psicosomático no es lo opuesto a lo biológico: es una de sus formas más complejas.


El microbioma participa en la regulación del sistema nervioso. Muchas bacterias intestinales producen o modulan neurotransmisores como serotonina, GABA y dopamina. La mayor parte de la serotonina se produce en el intestino, regula motilidad y comunicación con el cerebro. Si  se altera la diversidad microbiana, disminuyen metabolitos protectores y se altera la señalización neuroinmune, aumentando la vulnerabilidad a ansiedad, depresión y trastornos del sueño en individuos susceptibles.


La alimentación actúa como modulador epigenético del sistema. Dietas ricas en fibra, vegetales y diversidad alimentaria, favorecen la producción de metabolitos como el butirato, que nutre al epitelio intestinal, regula la expresión génica mediante modificaciones al ADN. Por el contrario, dietas ultraprocesadas, pobres en fibra y ricas en aditivos alteran el microbioma, aumentan la inflamación y deterioran la señalización endocrina intestinal. La comida moderna no es neutral: reprograma el intestino.


Desde una perspectiva evolutiva, el sistema intestinal se desarrolló en contextos de alta actividad física, dietas diversas y exposición microbiana constante. El estilo de vida moderno ha roto este equilibrio, y el genoma humano no ha tenido tiempo de adaptarse. La enfermedad emerge, así, como expresión de un desajuste entre biología y entorno.


Comprender el intestino como sistema endocrino, genómico y microbiano obliga a repensar la medicina y la salud pública. Promover alimentación saludable, diversidad dietaria, actividad física, prudencia antibiótica y reducción del estrés social no es una moda: es biología aplicada. El intestino no solo digiere alimentos; traduce ambiente, experiencia y desigualdad en hormonas, inmunidad y expresión génica, es la arquitectura misma de la salud humana.

 

Comentarios


Este artículo se puede utilizar, copiar o reproducir citando la fuente y su autor.

Genética y Ciencia
César Paz-y-Miño
cesarpazymino.com
Quito - Ecuador
 
Sígueme
  • Facebook
  • X
  • Instagram
Publicaciones Recientes
Image by MJH SHIKDER

© 2025 All rights reserved - César Paz-y-Miño.

 Proudly created with Wix.com.

bottom of page