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El músculo como un sistema endócrino: genes y órganos en diálogo

  • Foto del escritor: Cesar Paz-y-Mino
    Cesar Paz-y-Mino
  • hace 14 minutos
  • 4 Min. de lectura

César Paz-y-Miño. Médico Genetista, Investigador, Universidad UTE, para NOTIMERCIO



Durante décadas, el músculo esquelético fue entendido como un simple tejido mecánico, subordinado al sistema nervioso y dedicado casi exclusivamente al movimiento. Hoy, esta visión es insostenible. La evidencia acumulada demuestra que el músculo esquelético es un órgano endocrino altamente especializado, capaz de modular la fisiología sistémica a través de señales moleculares codificadas en nuestro genoma. Este diálogo interorgánico se articula mediante las mioquinas, proteínas y péptidos cuya expresión génica se activa principalmente en respuesta a la contracción muscular.


Desde el punto de vista genético, el ejercicio no es solo un comportamiento, sino un estímulo regulador de la expresión génica. La contracción muscular activa rutas genéticas, que funcionan como sensores energéticos y mecánicos. Estas vías traducen la demanda física en demandas proteicas que inducen la síntesis y liberación de mioquinas. Así, el músculo “informa” al resto del organismo que el cuerpo está activo, desencadenando respuestas adaptativas coordinadas.


Una de las mioquinas más estudiadas (Interleucina L-6), tradicionalmente asociada a inflamación, en el contexto del ejercicio cumple una función radicalmente distinta. Liberada transitoriamente por el músculo, IL-6 actúa como una señal metabólica que aumenta la captación de glucosa, estimula la oxidación de ácidos grasos y promueve la secreción de GLP-1 a nivel intestinal, regulada por genes, y explica por qué, el ejercicio mejora la sensibilidad a la insulina incluso sin pérdida de peso.


A nivel cerebral, el ejercicio induce la expresión del factor neurotrófico derivado del cerebro, una molécula clave para la generar neuronas, mejorar las sinápsis y la memoria. Aunque este factor se sintetiza principalmente en el sistema nervioso, su regulación está estrechamente ligada a señales musculares. Variantes genéticas en su gen (BDNF) modulan la magnitud de esta respuesta, lo que explica por qué algunas personas obtienen mayores beneficios del ejercicio que otras. Aquí, el músculo actúa como modulador indirecto del genoma neuronal.


El tejido adiposo es otro receptor central del mensaje muscular. Mioquinas como Irisin, codificada por otro gen, inducen el llamado “oscurecimiento” de la grasa blanca, activando genes degradadores de grasa (UCP1). Este proceso transforma un tejido destinado al almacenamiento energético en uno metabólicamente activo. Genéticamente, este fenómeno representa una reprogramación de la célula adiposa, coherente con una fisiología evolucionada para contextos de actividad constante.


El hígado también responde al lenguaje muscular. Durante el ejercicio, mioquinas regulan la expresión de genes implicados en la formación de glucógeno y el metabolismo de lípidos, permitiendo mantener la glucosa normal sin generar resistencia a la insulina. Variantes en algunos genes pueden influir en esta respuesta, conectando genética, metabolismo y riesgo de diabetes tipo 2.


Sobre el sistema inmune, el ejercicio regular induce un perfil antiinflamatorio mediante la reducción de la expresión de genes de inmunidad y el aumento de citocinas reguladoras de inflamación. Estas respuestas están mediadas por las mioquinas y dependen de redes génicas compartidas entre músculo e inmunidad. Desde una perspectiva genética, la actividad física atenúa la expresión de programas inflamatorios que, en ausencia de movimiento, favorecen enfermedades crónicas y cáncer.

Incluso tejidos tradicionalmente considerados pasivos, como el hueso, la piel o el endotelio vascular, responden al estímulo muscular. La expresión de genes de generación de huesos, vasos sanguíneos y la integridad dérmica, mejoran bajo la influencia de mioquinas, reforzando la idea de que el antienvejecimiento es un proceso regulable a nivel molecular.


Desde la biología evolutiva, este sistema tiene pleno sentido. Homo sapiens evolucionó en un contexto de alta movilidad, donde la actividad física cotidiana era la norma. El genoma humano fue moldeado, bajo la premisa de que el músculo estaría activo y enviaría señales constantes al resto del organismo. El sedentarismo moderno rompe este diálogo ancestral y expone físicos patológicos latentes: obesidad, diabetes, deterioro cognitivo y fragilidad inmunológica.


En este marco, muchas enfermedades modernas pueden interpretarse como trastornos de expresión génica inducidos por la inactividad, más que como fallos aislados de órganos específicos. El músculo, al silenciar sus mioquinas, deja al organismo sin una de sus principales fuentes de regulación sistémica.


El potencial clínico de este conocimiento es profundo. Las mioquinas emergen como biomarcadores funcionales del ejercicio, capaces de reflejar la activación real de programas genéticos beneficiosos. La prescripción de actividad física podría personalizarse según el perfil genético individual, potenciando una auténtica medicina del ejercicio de precisión.


El músculo esquelético es un nodo central de regulación genética, no un simple efector mecánico. Movernos activa circuitos moleculares inscritos en nuestro ADN desde hace cientos de miles de años. Comprender este diálogo entre músculos y órganos no solo redefine el ejercicio como medicina, sino que revela una verdad más profunda: la salud humana es, en gran medida, una consecuencia de genes que esperan ser activados por el movimiento.


EL MÚSCULO COMO ÓRGANO ENDOCRINO

Efectos sistémicos del ejercicio sobre el organismo 

Órgano / Sistema

Efecto biológico explicado

Músculo esquelético (emisor central)

La contracción muscular activa programas moleculares que convierten al músculo en un órgano regulador. Desde aquí se inicia la señalización que coordina metabolismo, inflamación y adaptación sistémica al esfuerzo.

Cerebro

El ejercicio mejora la neuroplasticidad, la memoria y la capacidad cognitiva, favoreciendo la formación de nuevas conexiones neuronales y protegiendo frente al deterioro cognitivo y la depresión.

Tejido adiposo

El músculo activo reprograma el tejido graso hacia un estado metabólicamente más eficiente, aumentando el gasto energético y reduciendo la acumulación patológica de grasa.

Hígado

Se optimiza la regulación de la glucosa, permitiendo mantener niveles energéticos adecuados durante el esfuerzo sin inducir resistencia a la insulina.

Páncreas e intestino

Mejora la secreción y acción de la insulina y las hormonas intestinales, facilitando el control glucémico y reduciendo el riesgo de diabetes tipo 2.

Sistema inmune

El ejercicio regular reduce la inflamación crónica de bajo grado y favorece una respuesta inmune equilibrada, protectora frente a infecciones, cáncer y enfermedades autoinmunes.

Sistema vascular

Se fortalece la función del endotelio, mejora la circulación sanguínea y se reduce el riesgo de hipertensión y enfermedad cardiovascular.

Hueso

La actividad muscular estimula la formación y remodelación ósea, contribuyendo a la prevención de osteoporosis y fragilidad.

Mensaje clave del recuadro:

El ejercicio no actúa sobre un solo órgano, sino que reorganiza el funcionamiento del cuerpo entero.El músculo en movimiento es un regulador biológico central, diseñado evolutivamente para mantener la salud sistémica.

 

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Genética y Ciencia
César Paz-y-Miño
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Quito - Ecuador
 
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