Genoma, cooperación y linaje: una lectura epistemológica de la Semana Santa
- 5 abr
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César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y Genómica Médica, Universidad UTE, para NOTIMERCIO

La Semana Santa puede leerse, despojada de su dimensión sobrenatural, como una historia sobre el sufrimiento humano, la injusticia y la posibilidad, no garantizada, de la protección y el bienestar. No es necesario invocar trascendencias para reconocer que allí, se dramatiza un problema central de nuestra especie: organismos biológicos, moldeados por la selección natural y la genética, con conductas de cuidado hacia otros, incluso en contextos de dolor y conflicto. Pero también permite una pregunta adicional, más incómoda y fascinante: si ese personaje histórico existió, ¿qué podemos decir de su biología, de su genoma, de su linaje?
Desde la genética evolutiva, la cooperación no es un accidente moral, sino una estrategia. Los humanos somos una especie hipersocial, cuyo éxito adaptativo dependió de colaborar, compartir recursos y proteger a los vulnerables. Este comportamiento tiene bases biológicas: circuitos neurogenéticos asociados a hormonas, variaciones en genes, modulaciones de la dopamina vinculada a recompensa social, y patrones de selección de parentesco. Sin embargo, lo verdaderamente interesante es que, la cultura amplifica y reconfigura estos impulsos, extendiéndolos más allá del parentesco genético inmediato.
La genética moderna aporta un dato fundamental: los humanos compartimos un 99,9 % de nuestro ADN. Las diferencias visibles son mínimas, frente a la profunda homología genómica, que implica que la vulnerabilidad es universal. Las mutaciones, los errores en la replicación del ADN, la inestabilidad genómica y las enfermedades, no distinguen entre categorías sociales o morales. Todos estamos expuestos al deterioro, a la enfermedad y a la muerte. En ese marco, el sufrimiento representado en la narrativa de la Semana Santa, puede entenderse como una metáfora de la condición biológica humana: organismos complejos, pero intrínsecamente frágiles.
Si se traslada esta mirada al individuo histórico, la hipótesis más ponderada es que habría pertenecido a las poblaciones semíticas del Levante del siglo I. Estudios de genética poblacional muestran que las poblaciones judías antiguas, comparten ancestría con grupos del Cercano Oriente, con componentes genéticos vinculados a variantes genéticas del cromosoma Y, frecuentes en regiones de Judea, Galilea y áreas circundantes. En el ADN de mitocondrias, línea materna exclusiva, esa región muestra diversidad en las variantes genéticas, que son reflejo de migraciones e intensos cruces poblacionales.
Esto implica que, si existió como individuo biológico, su genoma habría sido el resultado de una historia evolutiva compleja: mezcla de linajes del Creciente Fértil (medio oriente), influencias genéticas de poblaciones mediterráneas y dinámicas de endogamia propias de comunidades relativamente cerradas. No habría habido nada excepcional en su ADN, en términos biológicos básicos: un humano más, dentro de la variabilidad genética de su población. Incluso rasgos físicos, pigmentación, textura del cabello, estatura, habrían estado dentro del rango típico de poblaciones levantinas de la época.
La cuestión de los ancestros también puede abordarse desde la genética. Las genealogías culturales, tienden a construir linajes simbólicos, pero desde la biología sabemos que cada individuo, tiene miles de ancestros en pocas generaciones. En aproximadamente diez generaciones, una persona tiene más de mil ancestros potenciales. Esto diluye cualquier idea de “linaje puro”. En poblaciones antiguas, además, la recombinación genética y la endogamia hacen que los árboles genealógicos, sean redes complejas más que líneas definidas.
Respecto a descendientes, desde un enfoque estrictamente histórico y biológico, no existe evidencia genética verificable de una línea directa. Sin embargo, desde la genética de poblaciones, es altamente probable que individuos de esa época, que tuvieron descendencia, contribuyan hoy al acervo genético de múltiples poblaciones. En términos probabilísticos, gran parte de los individuos del pasado, que dejaron descendencia, son ancestros compartidos de amplios grupos humanos de geografías comunes. Esto introduce una idea potente: el linaje, más que exclusivo, es difuso y colectivo. Compararnos entre humanos por la genética, nos hace más iguales.
Los linajes son, comparativamente, y a nivel molecular, como una patología que ilustra la fragilidad inherente del sistema. El cáncer, surge de la acumulación de mutaciones que alteran oncogenes y genes supresores tumorales. Es un proceso de evolución somática, donde clones celulares compiten dentro del organismo. No hay propósito ni castigo: hay selección, variación y adaptación. El cuerpo se convierte en un ecosistema en conflicto, reflejando en escala microscópica, dinámicas que operan a nivel social.
Este reconocimiento no conduce a la irreverencia, sino a una ética basada en evidencia. Si todos compartimos una arquitectura genética común y una vulnerabilidad estructural, la solidaridad deja de ser un mandato abstracto y, se convierte en una consecuencia racional. Cuidar al otro es cuidar un sistema del cual formamos parte. La interdependencia no es un ideal moral: es una condición biológica. Eliminar al otro es lo cuestionable evolutivamente hablando.
La visión del cooperativismo, dese la genética médica, tiene implicaciones concretas: cuidar la salud. La consejería genética permite identificar riesgos reproductivos y prevenir enfermedades hereditarias. La planificación reproductiva, incluyendo el acceso a anticoncepción o aborto, se convierte en una herramienta de salud pública, que reduce la incidencia de enfermedades genéticas graves y evitables. No es una imposición, sino una expansión de la autonomía informada. La decisión de cuándo y cómo reproducirse, tiene efectos directos en la carga genética de las generaciones futuras.
Asimismo, la integración de la citogenética y la genómica en la práctica clínica, mediante tecnologías de ADN sofisticadas, que permiten diagnósticos precisos y terapias dirigidas, son la evidencia del cuidado a la especie. Sin embargo, el acceso a estas tecnologías es desigual. Aquí emerge la dimensión política del conocimiento biológico. La genómica puede ser una herramienta de equidad o un mecanismo de exclusión, dependiendo de cómo se distribuya. El cuidado del otro es una obligación ética.
La narrativa de la Semana Santa, leída desde este enfoque, no es una explicación del mundo, sino una representación de tensiones humanas persistentes: sufrimiento, poder, cuidado, exclusión. La genética, por su parte, no ofrece consuelo, pero sí veracidad. Nos muestra que la cooperación es posible, que la empatía tiene correlatos biológicos y que, la diversidad genética no justifica jerarquías sociales o guerras.
No hay singularidad genética que explique una figura histórica. Lo que existe es una continuidad biológica que nos conecta con poblaciones pasadas y presentes. El individuo se diluye en la red de la especie. Y la pregunta relevante no es quién fue genéticamente, sino qué hacemos nosotros con el conocimiento que hoy tenemos.
No hay redención inscrita en el ADN, no hay genes del mal, del egoísmo, de la fe, de la pobreza o de la inequidad. Pero hay evidencia científica para sostener que en la especie humana, la cooperación, la prevención y el cuidado no son solo posibles: son necesarios. Y, en última instancia, inevitables si aspiramos a sostener la vida colectiva.


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