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La odisea del diagnóstico en las llamadas enfermedades raras

  • hace 29 minutos
  • 4 min de lectura

César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y GenómicaMédica. Universidad UTE.


La nueva versión cinematográfica de La Odisea, ha devuelto al presente una historia antigua: la del ser humano que intenta regresar a casa después de la destrucción y la guerra. Troya cae, los vencedores parten, pero la tragedia no termina cuando cesan las armas. Continúa en los cuerpos heridos, en las familias rotas, en quienes quedan sin patria y en quienes deben atravesar un mundo hostil para reconstruir su vida. Odiseo regresa, sí, pero tarda años, pierde compañeros y enfrenta monstruos.


Esa imagen describe con inquietante precisión la experiencia de millones de personas con enfermedades raras. Para ellas, la medicina puede convertirse en un mar sin mapas. El viaje comienza con un síntoma extraño, una crisis inexplicable, una pérdida del desarrollo, una malformación, una deficiencia neurológica o una debilidad progresiva. Después vienen las consultas, los exámenes, los diagnósticos equivocados, los tratamientos inútiles y la frase que tantas familias escuchan: “no sabemos qué tiene” (30% sin diagnóstico).


A eso se lo llama odisea diagnóstica. No es una metáfora exagerada. En el mundo se conocen entre 6.000 y 8.000 enfermedades raras; alrededor del 80% tiene origen genético y cerca del 70% comienza en la infancia. En conjunto afectan a unos 300 millones de personas. Cada enfermedad es infrecuente, pero todas juntas constituyen una población humana comparable con la de un país. Lo raro, entonces, no es el número de afectados, sino la escasa atención que reciben, calificándolas de huérfanas.


El problema central no es únicamente la enfermedad, sino el tiempo. Muchos pacientes tardan entre 5 a 8 años en obtener un diagnóstico correcto. En ese recorrido visitan varios especialistas, se someten a estudios repetidos y reciben explicaciones parciales o equivocadas. Cada médico observa un órgano, una manifestación o una etapa, pero pocos reconstruyen el síndrome completo. El paciente queda fragmentado entre servicios que no conversan entre sí.


En esta odisea, al igual que la de Homero, el cíclope es un sistema que mira con un solo ojo: el de las enfermedades frecuentes. Las sirenas son las falsas certezas, los diagnósticos apresurados y las promesas terapéuticas sin evidencia. Escila y Caribdis aparecen cuando la familia debe elegir entre pagar una prueba genética o cubrir la alimentación, entre viajar a otra ciudad o abandonar la búsqueda, entre endeudarse o aceptar la incertidumbre. Poseidón es la burocracia que retrasa autorizaciones, pone innecesarios documentos y niega medicamentos.


El retraso diagnóstico no es solo injusticia administrativa. Tiene consecuencias biológicas. Mientras no se identifica la enfermedad, esta progresa, produce discapacidad irreversible o cierra una terapia. En algunos trastornos metabólicos, inmunológicos o neuromusculares, unos meses pueden cambiar el pronóstico. En otros casos, la ausencia de diagnóstico impide prevenir complicaciones, estudiar a los familiares o conocer el riesgo de repetición en futuros embarazos.


También hay un daño moral. Muchas madres y padres son tratados como exagerados. Algunos pacientes son etiquetados como hipocondríacos, simuladores o psiquiátricos. Las mujeres suelen asumir la mayor carga del cuidado, abandonar empleos y reorganizar toda la vida familiar, son abandonadas con su hijo enfermo. La enfermedad rara deja de ser un problema individual y se convierte en una crisis económica y social que afecta a todo el hogar, y la sociedad.

Ecuador reproduce esta realidad. Reconoce oficialmente solo 106 enfermedades raras, cifra mínima frente a las miles descritas. Se estima que más de 300 mil ecuatorianos viven con alguna de estas condiciones, aunque según la prevalencia internacional, el número podría ser  mayor. El subregistro no es un detalle estadístico: significa personas que no aparecen en la planificación ni en las políticas públicas.


El Registro Único de Enfermedades Raras fue un paso necesario, pero contar casos no basta. Un registro incompleto, sin actualización continua ni conexión con las decisiones sanitarias, se convierte en una lista sin poder transformador. Ecuador sigue teniendo pocos especialistas en genética clínica, acceso desigual a pruebas moleculares, concentración de servicios en las grandes ciudades y barreras para las familias rurales, amazónicas, indígenas o empobrecidas.


El lugar de nacimiento puede determinar la posibilidad de recibir un diagnóstico. Una familia de una ciudad grande, quizá encuentre un especialista; otra, en una zona periférica, puede necesitar meses de espera, varios viajes y gastos discriminativos. La biología distribuye mutaciones al azar, pero la sociedad distribuye de manera desigual las oportunidades de sobrevivirlas.


La revolución genómica puede acortar este viaje. El cariotipo, los microarreglos o biochips, los paneles de genes, el exoma y el genoma completo permiten identificar alteraciones que antes permanecían ocultas durante años. En pacientes bien seleccionados, el exoma puede alcanzar rendimientos diagnósticos cercanos al 40%. Sin embargo, la tecnología por sí sola no resuelve el problema. Secuenciar sin especialistas, sin análisis inteligente de datos, sin interpretación y sin asesoramiento genético solo confecciona datos, no medicina.


El diagnóstico tampoco es simple etiqueta. Es una forma de reparación. Pone fin a la incertidumbre, evita procedimientos innecesarios, orienta el seguimiento, anticipa complicaciones y conecta a familias con otros afectados. Incluso cuando no existe una cura, saber qué ocurre devuelve identidad clínica, sentido y capacidad de decisión.


Ecuador necesita una política nacional que termine con esta odisea tortuosa. Requiere actualizar la lista oficial, fortalecer el registro, ampliar el tamizaje neonatal, incluir el diagnóstico prenatal, formar genetistas y equipos multidisciplinarios, crear centros de referencia conectados con todo el territorio y financiar rutas diagnósticas con eficientes: exoma y genoma. Urge garantizar medicamentos huérfanos con criterios de eficacia, negociación transparente de precios y presupuesto público protegido y constante.


No todo medicamento costoso es automáticamente beneficioso, pero ninguna terapia eficaz debe negarse porque el paciente pertenece a una minoría. La salud pública demuestra su sentido ético precisamente allí, donde el mercado pierde interés y donde cada vida corre el riesgo de ser considerada demasiado cara, demasiado compleja o irrisoria en número.


La verdadera Ítaca de una persona con enfermedad rara no siempre es la curación. A veces es obtener un nombre después de años de incertidumbre. Es recibir el tratamiento antes de que el daño sea irreversible, conocer el riesgo para sus hijos, encontrar un médico que escuche y un Estado que no abandone.


Odiseo enfrentó monstruos imaginarios. Las familias ecuatorianas enfrentan monstruos reales: desconocimiento, centralismo, pobreza, burocracia y desfinanciamiento. No necesitan héroes mitológicos. Necesitan ciencia, personal capacitado, organización sanitaria, justicia social, dinero y voluntad política.


Una sociedad se mide por la forma en que trata a quienes son evidentemente vulnerables. Terminar la odisea diagnóstica, no es un gesto de humanidad, sino una obligación pública. Porque nadie debería pasar años navegando entre errores para conseguir algo tan elemental, como saber el nombre de su enfermedad y ejercer, su derecho a ser atendido.


Este artículo se puede utilizar, copiar o reproducir citando la fuente y su autor.

Genética y Ciencia
César Paz-y-Miño
cesarpazymino.com
Quito - Ecuador
 
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