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Therians: biología, dignidad y el síntoma de una humanidad desplazada

  • hace 59 minutos
  • 4 Min. de lectura

César Paz-y-Miño. Investigador  en Genética. Universidad UTE, para NOTIMERCIO


El fenómeno therian no es una extravagancia ni una simple estética rebelde. Es un síntoma cultural que emerge en la intersección entre vulnerabilidad psicológica, biología de la conducta y una transformación profunda en la jerarquía afectiva de las sociedades. Más que preguntarnos por qué alguien desea ser lobo, zorro, perro o felino, debemos analizar qué condiciones históricas, neurobiológicas y morales vuelven comprensible esta elección.


La adolescencia es un periodo de reorganización cerebral. La corteza prefrontal, encargada de planificación, control inhibitorio y evaluación de consecuencias, madura más lentamente que el sistema límbico, que regula emociones y búsqueda de recompensa. Este desfase genera intensidad afectiva con regulación incompleta. La identidad, en este contexto, es una tarea en construcción. No es esencia; es síntesis narrativa de experiencias, expectativas y reconocimiento social. Cuando las instituciones tradicionales: la sociedad, la familia, el Estado, pierden solidez simbólica, el yo se vuelve experimental.


Desde la psicología clínica, la identificación animal no equivale automáticamente a psicosis. El punto diagnóstico decisivo es la conservación del juicio de realidad. Si el sujeto comprende que su biología es humana, aunque su autoimagen simbólica se asocie a un animal, no estamos ante delirio, sino ante metáfora identitaria. La licantropía clínica patológica (transformación mítica humano a animal) existe, pero es excepcional y ligada a trastornos psicóticos.


Ciertos perfiles psicológicos converger con este tipo de ficciones. Trastornos de ansiedad, depresión mayor, rasgos evitativos o fenómenos disociativos, favorecer la construcción de “yos alternativos” como estrategias de regulación emocional. El animal imaginado puede representar fuerza protectora frente al rechazo, coherencia frente al caos o pertenencia frente al aislamiento.


La genética de los trastornos mentales aporta. Sabemos que la esquizofrenia posee heredabilidad del 70–80%, el trastorno bipolar alrededor del 60–70%, la depresión mayor y los trastornos de ansiedad 30 a 50%. No se trata de determinismo genético, sino de susceptibilidad de muchos genes y muchos factores. Variantes en genes que modulan dopamina, serotonina o glutamato, influyen en reactividad emocional, sensibilidad interpersonal y procesamiento de significado. Individuos con alta carga multigénica pueden mostrar mayor vulnerabilidad a experiencias de exclusión.


La epigenética añade otra capa: ambiente y genes. Estrés crónico, trauma infantil o acoso escolar, pueden modificar patrones de expresión en genes reguladores del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, alterando la respuesta fisiológica al estrés. El entorno deja huellas moleculares. En sujetos vulnerables, estas marcas pueden amplificar la búsqueda de refugios identitarios alternativos. No hay un “gen therian”, pero sí pueden existir trayectorias biológicas que hagan más probable la intensificación simbólica del yo.


Limitar el análisis a la clínica sería un absurdo reduccionista. El fenómeno debe leerse también como crítica implícita a nuestra economía afectiva contemporánea. Hemos producido una inversión incoherente: las mascotas reciben, en muchas sociedades, niveles de cuidado, respeto y protección superiores a los que reciben amplios sectores humanos vulnerables. Alimentación especializada, atención médica constante, seguros, espacios recreativos, celebraciones. Mientras tanto, niños en pobreza, adolescentes deprimidos o ancianos aislados experimentan abandono estructural.


Aquí aflora una intuición provocadora: si las mascotas son tratadas con más consideración que muchas personas, identificarse con un animal puede convertirse en estrategia simbólica para acceder a esa economía de cuidado. El mensaje subyacente podría formularse así: “trátame a mí, therian, mejor que a tu mascota”. El eslogan que condensa esta crítica es claro: adóptame. No es una petición zoológica; es una demanda de dignidad. Es el reclamo de ser acogido con la misma ternura incondicional que reservamos para el perro rescatado. Aunque hay diferencias personales complejas que incluso insensatas y no concientizadas.


Desde la sociología moral, este desplazamiento es significativo. La humanización extrema de las mascotas, convive con la cosificación algorítmica de las personas. Somos métricas, datos, productividad. La identidad humana se mide en desempeño. En contraste, el animal doméstico es amado sin ICD (Indicador Clave de Desempeño). Esta asimetría crea un absurdo afectivo: el espacio más seguro parece no ser la humanidad, sino la domesticidad animal.


La expansión en redes sociales amplifica estas dinámicas. Plataformas que recompensan visibilidad, generan comunidades de validación instantánea. Para adolescentes con predisposición genética a ansiedad social, o con experiencias de marginación, estos espacios ofrecen reconocimiento inmediato. La dopamina asociada a “likes” refuerza conductas identitarias. La pertenencia digital puede resultar más predecible que la interacción presencial.


La reacción pública, sin embargo, suele adoptar forma de sobresalto moral. Se patologiza colectivamente, lo que es desigualdad. Esta estigmatización incrementa estrés fisiológico, potenciando vulnerabilidades en quienes ya presentan carga genética para trastornos afectivos. La interacción gen-ambiente se vuelve circular: exclusión social intensifica síntomas; síntomas refuerzan aislamiento.


El análisis ético es mandatorio. No todo therianismo es evasión patológica, ni toda crítica es persecución disparatada. El criterio clínico debe centrarse en la funcionalidad global, presencia de síntomas mayores y calidad del juicio de realidad. Cuando hay ideación suicida, deterioro severo o delirios persistentes, la intervención psiquiátrica es obligatoria. Cuando la identidad es metáfora reguladora sin deterioro significativo, la tarea es fortalecer recursos psíquicos y vínculos reales.


En el plano antropológico, el fenómeno revela una fractura más amplia. La humanidad contemporánea ha perdido capacidad de identificarse como comunidad solidaria. Entre precariedad laboral, crisis climática, guerras e hipercompetencia, el horizonte compartido se estrecha. La identidad se convierte en el único territorio gobernable. Si la condición humana se percibe como carga evaluada y no como promesa de cuidado, otras identidades ocuparán su lugar.


El therianismo o theriantropismo, leído críticamente, no es un intento literal de abandonar la especie. Es un experimento narrativo que denuncia una jerarquía afectiva invertida. Cuando alguien dice “soy perro”, quizá esté diciendo “quiero pertenecer sin ser humillado”. Cuando alguien se coloca una máscara, puede estar señalando que la fachada humana ya no garantiza reconocimiento.


La biología no determina identidades, pero configura vulnerabilidades. La cultura no reescribe el genoma, pero modela su expresión. Entre predisposición genética, marcas epigenéticas y algoritmos de validación, el sujeto contemporáneo navega territorios inestables. En ese paisaje, el lema adóptame adquiere contenido político. No como fantasía de domesticación, sino, como demanda de cuidado: si puedes amar incondicionalmente a un animal, puedes, y debes, tratar con mayor dignidad a un ser humano.


Tal vez el desafío no sea desactivar la máscara, sino reconstruir una humanidad que no obligue a usarla para ser percibido.

 



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Genética y Ciencia
César Paz-y-Miño
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Quito - Ecuador
 
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