Las grandes inocentadas de la genética: cuando el ADN obligó a la ciencia a corregirse
- Cesar Paz-y-Mino
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César Paz-y-Miño. Para NOTIMERCIO
La genética suele exhibirse como una ciencia exacta, rigurosa y definitiva, escrita en el lenguaje solemne de los cromosomas, las estadísticas y los valores “p”. Sin embargo, su historia está llena de afirmaciones pronunciadas con tal seguridad que hoy solo pueden leerse como auténticas inocentadas científicas. Algunas nacieron de la ingenuidad, otras del exceso de confianza y unas cuantas de la presión por destacar. La genética, a diferencia de los dogmas, posee un mecanismo interno que tarde o temprano corrige el error, expone el fraude y deja al descubierto incluso a sus propios protagonistas.
Durante décadas se enseñó que gran parte del genoma humano era “ADN basura”. El término fue cómodo: si no se entendía, se declaraba inútil. Millones de estudiantes aprendieron que solo una pequeña fracción del ADN importaba realmente. Con el tiempo, ese supuesto desecho resultó estar lleno de secuencias reguladoras, interruptores génicos, regiones estructurales y respuestas al ambiente. No era basura: era ignorancia transitoria con nombre desafortunado.
Otra inocentada persistente fue creer que existe un gen para cada rasgo humano. El gen de la inteligencia, de la violencia, del talento, de la codicia, del amor o de la infidelidad. Si eso fuera cierto, bastaría una PCR para explicar la humanidad completa y clausurar bibliotecas enteras de filosofía, sociología y ética. La genética moderna desmontó esa fantasía mostrando rasgos poligénicos, redes complejas y un ambiente que nunca permanece quieto. El ser humano no cabe en un solo gen, por mucho que la simplificación resulte tentadora.
Se creyó que el ADN define por completo quiénes somos. Que el genoma es un destino escrito en piedra. La epigenética llegó como aguafiestas a explicar que el ambiente, la nutrición, el estrés, las infecciones y la historia personal modulan la expresión génica. El ADN no es un guion cerrado, sino un texto que se relee y se reescribe constantemente.
También se creyó que el mestizaje había “homogeneizado” genéticamente a América Latina. Como si mezclar fuera borrar. Los estudios poblacionales demostraron exactamente lo contrario: capas superpuestas de ancestrías indígenas, africanas, europeas y asiáticas conviven en un mismo genoma. La inocentada fue confundir mezcla con pérdida, cuando la mezcla multiplica la diversidad genética y cultural.
La genética médica también cayó en su propia inocentada: creer que identificar un gen equivale a entender una enfermedad. En la práctica clínica quedó claro que las variantes genéticas interactúan con pobreza, desigualdad, acceso a salud, infecciones y azar biológico. El gen nunca viaja solo; siempre llega acompañado de contexto social.
Se anunció dramáticamente la desaparición inminente del cromosoma Y. Se le dio por moribundo tantas veces. Décadas después, el cromosoma sigue ahí, pequeño pero funcional, recordándonos que la biología no se rige por titulares alarmistas o mediáticos. Durante años se habló del “gen del crimen”, como si la biología absolviera o condenara. La evidencia fue clara: existen predisposiciones, no destinos. Ningún gen obliga a delinquir; la responsabilidad sigue siendo humana.
Durante años se repitió el dogma central unidireccional: ADN produce ARN y ARN produce proteína. Luego aparecieron retrovirus, ARN no codificantes, priones y regulación epigenética para demostrar que aquello, era más bien una red caótica de caminos, con rotondas, atajos y callejones inesperados.
Inocentada alucinante, es la de James Watson, codescubridor de la estructura del ADN. Él transformó la biología molecular, pero décadas después afirmó que las poblaciones humanas no eran intelectualmente equivalentes, sugiriendo diferencias “naturales” entre personas negras y blancas, esto le costó su puesto. La genética respondió contundente: dos personas africanas pueden ser más diferentes entre sí, que un europeo y un asiático, y más del 85–90 % de la variación genética humana ocurre dentro de cada población. Las “razas” no existen como categorías biológicas; son construcciones sociales sin respaldo genómico.
Inocentada gigantezca fue pensar que algunas poblaciones estaban “menos evolucionadas”. Desde la genética evolutiva, esto carece de sentido: todas las poblaciones humanas actuales han pasado por el mismo tiempo evolutivo. No hay genomas atrasados ni adelantados, solo historias adaptativas distintas.
Otra patraña pretendió ordenar la inteligencia humana en jerarquías raciales. Test mal diseñados, contextos culturales ignorados y sesgos coloniales se presentaron como ciencia dura. La genética cognitiva muestra que el rendimiento intelectual es poligénico e influido por educación, nutrición y desigualdad social. El ADN no legitima jerarquías morales.
Otra gran inocentada ha sido creer que los datos genéticos europeos sirven para todo el mundo. La genética global mostró que esa práctica genera errores diagnósticos y profundiza desigualdades clínicas. Muchos de sus tratamientos no son aplicables a nuestro mestizaje.
A estas ingenuidades se sumaron fraudes abiertos. El médico inglés Andrew Wakefield, publicó en 1998 un estudio falso que vinculaba vacunas con autismo. Los datos estaban manipulados, los conflictos de interés ocultos y la metodología era defectuosa. La genética y la epidemiología desmontaron el fraude, pero el daño social persiste hasta hoy. Fue una inocentada criminal, una mentira.
Inocentada bochornosa fue el investigador Hwang Woo-suk, que afirmó haber clonado embriones humanos y obtenido células madre personalizadas. El mundo celebró, hasta que se demostró que los datos eran fabricados y las imágenes manipuladas. La genética expuso el fraude y la fragilidad del sistema científico frente a resultados espectaculares.
El caso de He Jiankui es terrible. Anunció el nacimiento de bebés genéticamente editados con CRISPR para supuesta resistencia al VIH. El experimento fue científicamente innecesario, éticamente inaceptable y técnicamente deficiente. Los genetistas lo condenaron y recordaron: que no todo lo técnicamente posible es científicamente legítimo.
Existen escándalos por manipulación de imágenes, líneas celulares mal identificadas, asociaciones genéticas espurias y artículos producidos por fábricas de artículos, que luego son retractados por las revistas. En estos casos, la inocentada ya no nace de la ignorancia, sino del mercado académico, donde el impacto sustituye a la verdad. La genética ha respondido fortaleciendo la replicación, la reevaluación, las retractaciones y la ciencia abierta.
La eugenesia, defendida por ciertos científicos, fue una inocentada trágica. Se creyó que la sociedad podía “mejorarse” eliminando genes indeseables, u ofreciendo pruebas para tener mejores hijos. La genética moderna demuestra que la diversidad genética es una fortaleza evolutiva, no un defecto.
La mayor inocentada de todas fue pensar que la genética ofrece certezas absolutas para todo. Ofrece evidencias, márgenes de error y preguntas incómodas. Y lejos de debilitarla, eso la hace honesta.
Entre errores, fraudes, personajes brillantes y afirmaciones desafortunadas, la genética ha aprendido algo esencial: el ADN no respalda jerarquías humanas ni destinos cerrados. Al contrario, disuelve prejuicios. Y quizá esa sea su lección más refinada: la ciencia avanza no por infalibilidad, sino por su capacidad de corregirse, y de reírse con rigor, de lo que alguna vez creyó indiscutible.











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