Mitos sobre las vacunas ARN y ADN anti COVID-19

César Paz-y-Miño

En las redes sociales y otras vías se han hecho públicos unas serie de videos, audios e imágenes, sobre los supuestos daños que las vacunas anti COVID-19, provocaría en las personas que las reciban. Es necesario aclarar estos mitos y errores que crean dudas en la población.


Entre los cuestionamientos que deben ser desvirtuados están los siguientes:


1. Se las diseñó y fabricó muy rápido. Los científicos venían trabajando en este tipo de vacunas desde hace un par de décadas. Se tenía a disposición y se conocían muchos detalles de posibles vacunas utilizando ingeniería genética. Lo que ocurrió con el aparecimiento del virus SARS-COV-2 es que todos los procesos previamente conocidos fueron acelerados y condensados en aproximadamente 10 meses. Antes, el diseño de una vacuna tardaba años, pero el tiempo fue reducido por las tecnologías de ingeniería genética. Los laboratorios intercambiaron información y tecnología. Esta tecnología se ha usado previamente en la vacuna contra la influenza.


2. Se cuestiona la eficacia de la vacuna. Segú la OMS, una vacuna es adecuada si supera el 52 por ciento de eficacia, es decir, si protege a la persona y a la sociedad en ese porcentaje. Hay vacunas con mucha menor eficacia antigénica; rondan desde el 24 por ciento hasta 46 por ciento, lo que debe ser ponderado desde el punto de vista de beneficio versus número de enfermos. Las vacunas contra la COVID-19 están en un rango de eficacia entre el 92 por ciento, la más baja, hasta el 100 por ciento, de dos dosis y del 85 por ciento de una sola dosis. La eficiencia, que podría traducirse en los meses que proporciona inmunidad la vacuna, apunta a que a corto y mediano plazo serían eficientes las anti COVID, esto es, que protegen al individuo entre 3 meses a un año. No sabemos si protegen a mayor plazo, simplemente porque no ha transcurrido este tiempo de medida. Lo que si se ha observado en los ensayos clínicos, es que los anticuerpos contra el virus se incrementan unas cinco veces más que en los no vacunados e incluso que en personas que han pasado la enfermedad, y los informes preliminares superan ya los 3 meses de inmunidad.


Una última novedad algo desalentadora, es que la variante sudafricana, evade la inmunidad del huésped hasta el 80 por ciento, lo que determinaría que se requieran nuevas vacunas con la nueva proteína S. Por fortuna, se cuenta con la tecnología que podrá producir vacunas nuevas para nuevas cepas.


3. Se difunde frecuentemente que las vacunas anti COVID son más riesgosas. Todo medicamento entraña un riesgo, pero el beneficio de su uso es mucho mayor. Para la vacuna, el riesgo de efectos leves es muy bajo (0,001 por ciento) y efectos graves casi no se han reportado. Hiperalergias se informaron en un grupo reducido de personas, pero fue controlada la reacción con las medidas clínicas estándar. Los efectos estarían relacionados a los componentes de la vacuna, no al material genético que las transporta, sino a los aditamentos (alcoholes, azúcares, lípidos, metales).


4. Los mitos más peligrosos están alrededor de la clase de material genético que trasportan las vacunas. Hay dos clases de vacunas: la que contiene ARN, es diseñada en laboratorio y consiste en un fragmento de material genético intermedio, llamado ARN mensajero, que comanda la producción de proteínas en la célula, específicamente la proteína S o espiga del COVID-19. Este material genético es un fragmento pequeño, un 10 por ciento de la totalidad del material genético del virus, del genoma viral. Este pedazo de ARN, sintético además, tiene la propiedad de degradarse en un tiempo corto dentro de la célula humana, propiedad determinada por el propio fabricante. El ARN introducido en el individuo va directamente a la fábrica de proteínas de la célula, los ribosomas. En esta “fábrica” que está en el citoplasma de la célula, se produce la proteína de espiga S en grandes cantidades y es esta proteína la que determina la reacción inmune del vacunado. Es decir se crean anticuerpos específicos contra el virus. Como se describe, este pedazo de material genético sintético jamás, y esto es muy enfático, jamás entra al aparataje principal de la célula, es decir, no entra al núcleo, no se une al genoma de la persona, no se integra al ADN. Es, por tanto, una vacuna segura, no produce transgénesis.


El otro tipo de vacuna se diseña a partir de una mezcla de materiales genéticos. Son vacunas más complejas. Estas vacunas utilizan material genético de otro organismo como medio de transporte del material genético que sintetizará la proteína de espiga S del COVID-19. Se parte de un virus conocido que se prepara en el laboratorio para hacerlo defectivo o no contaminante de enfermedad; esté será el transportador. Este virus, para el caso del COVID-19, es un adenovirus, el que produce el resfriado común. El material genético del adenovirus es ADN; previamente, por técnicas de ingeniería genética, se extrae o se sintetiza ARN mensajero de la proteína S del COVID, esta molécula que es de una sola hebra, se copia a dos hebras mediante una enzima convertidora de dos cadenas llamada Retro-transcriptasa. Una vez que se tiene la doble cadena de ADN, copia del ARN de la proteína S, mediante técnicas de Genética Molecular, se la introduce en el material genético del adenovirus transportador. Este material genético hibrido o mezclado (ADN adenovirus - ADN copia S de COVID), es el que se inyecta en las personas. El ADN del adenovirus entra al núcleo de la célula y, usando el aparataje existente, empieza a producir proteína S que generará la reacción inmunológica del vacunado y creará anticuerpos contra una posible infección por COVID-19.


Las vacunas de ADN viral modificado, entonces, sí entran al aparataje nuclear de la célula, pero el que puedan producir cambios al punto de convertirnos en individuos transgénicos, es improbable. El ADN viral se integra como partículas pro-virales en el ADN de la célula humana, y se integra en sitios específicos y muy bien conocidos del genoma celular, sin causar daños a la lectura normal de genes. El Adenovirus no es un virus que produce cáncer o daños en embriones o en células gonadales. Este adenovirus transportador se destruye en poco tiempo. El fragmento de material genético extraño, el de la proteína S que transportó, no se integra permanentemente al ADN celular, no puede hacerlo porque no es compatible, no tiene homología biológica ni genética y simplemente se elimina o destruye. Esto pasa con más de 1500 fragmentos de ADN que circulan en la sangre de las personas y que son producto de degradación de células propias o de alimentos. Jamás se integran al ADN de la persona y la transforman, no hay esa opción.


Las vacunas actuales son seguras, sean de ARN o de ADN. La finalidad de vacunarse es proteger al individuo de la enfermedad y a la sociedad completa de la contaminación masiva. El no vacunarse generaría una problemática grave para la sociedad, como es el aumento de contagios y de muertes, colapso de los sistemas de salud y gastos cuantiosos. Es preferible vacunarse. En estos momentos, la probabilidad de muerte por COVID-19 es del 6,5 por ciento para los ecuatorianos. Hasta que nos llegue la vacuna debemos seguir con las medidas de control: lavado y desinfección de manos, uso de mascarilla y distanciamiento responsable.

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